La sidrería Corripio

Publicado originalmente en Rebeldes en la Estrella de la Muerte, 3 de Enero de 2009

La sidería Corripio es un lugar que ya no existe, más allá de mi cabeza. Antes existió físicamente y a veces sueño con que vuelve a aparecer en su sitio.

Aquel lugar estaba en la calle Fuencarral 102, llegando a la Glorieta de Bilbao. Llevaba ahí casi desde que el mundo era mundo. Tenía algo que pocos sitios en el mundo podían tener y es que todos mis abuelos la conocían. Esto es algo complejo dada la dispersión geográfica de mis antepasados. Se da que uno de mis abuelos, de antepasados valencianos y afrocubanos (ahí es nada) se crió en Madrid en la calle Fuencarral. Recuerda que uno de los hermanos que llevaban el local era ciego y se encargaba de dar las vueltas del dinero. Engañarle era imposible. Mi abuela, su mujer, gata de pura cepa, o casi, recuerda Corripio allí desde siempre. Mi otro abuelo, el cántabro, según cuentan pasaba por allí de tanto en tanto y así lo recuerda mi abuela la valenciana, ya que durante muchos años vivieron en Madrid. Por eso mis tíos, todos, recuerdan Corripio y así lo recuerdan mis padres.

Era un lugar con baldosas blancas y muchas placas en la pared con refranes. Tenía una gran barra, bocadillos de tortilla y unos grandes barriles de sidra. En una estantería tenía licores de todos los tipos, de bellota, de guinda, de avellana. La especialidad de la casa era la empanada de chorizo. Recién estrenado el euro un vaso de sidra y un trozo de empanada costaban apenas 1’50.

Un día fuimos y estaba cerrado. Volvimos más tarde y seguía cerrado. Poco después abrieron un local de estos para progres gafapasta modernukis, de estos que se merecen el fusilamiento inmediato sin juicio alguno ni instrucción siquiera. Con musiquita chunti chunti de esta chill out y un mundo de multicolor.

¿Por qué cerró Corripio? No lo se, aunque me lo imagino. Se abre un negocio familiar que permanece un centenar de años hasta que ya nadie se quiere ocupar de él. O quizá el hecho de estar en la calle Fuencarral hace que alguna cadena ofrezca una cifra astronómica y el dueño, cansado, venda. O quizá las dos cosas se combinen, no sé.

Lo cierto es que en Madrid, sin Corripio, salimos perdiendo. Y sin tantos otros lugares que llevaban ahí décadas e incluso siglos y que van sucumbiendo ante el mundo moderno, las cadenas de esto y de lo otro. Una ciudad tiene personalidad por su vida en la calle y por sus lugares típicos. La ausencia de estos elementos y la invasión de cadenas hacen que la ciudad se haga anodina, pierda sus rasgos característicos y se haga todo homogéneo. Ya casi da igual estar en Barcelona que en Madrid, en Roma o en Nueva York, porque encontramos en las mismas calles las mismas cosas y dan ganas de vomitar.

Si el dueño ha cerrado el local, por algo será, claro. Pero mi tesis es que los madrileños debemos defender estos locales. Las tabernas centenarias o esas tiendas de barrio que estuvieron ahí siempre. Muchas veces, además, se pierden oficios tradicionales de tremenda utilidad que simplemente nadie quiere retomar y estamos escuchando “ya no se hacen las cosas como antes”. Llega un punto en el que estos establecimientos forman parte de la ciudad, forman parte de la vida de todos y aunque pertenecen a un dueño singural, en realidad nos pertenecen un poco a todos. Por eso me pregunto si las autoridades municipales han pensado alguna vez en defender estos lugares característicos.

A mi me consta que hay un café en Buenos Aires llamado “Café Tortoni” que está declarado Patrimonio Histórico de la Ciudad. En la ciudad de Nantes en Francia vimos un restaurante llamado “Cigalle” que era también patrimonio nacional. Protegido. Para siempre. Su presencia durante tanto tiempo, su constancia, hizo que estos lugares se considerasen un poco de todos y las autoridades se preocupasen de defenderlos, para defender la vida de la ciudad, lo característico, para seguir teniendo ciudades genuinas y no multinacionales absurdas.

Si yo fuera alcalde… he pensado muchas veces, haría algo relativamente sencillo. Premiaría la continuidad y la constancia, para fomentar a los familiares a que continúen el negocio, dando ventajas variadas (fiscales, pero también algunos privilegios de horarios y demás) a aquellos locales con más de 25 años de historia, aumentando dichas ventajas a partir de los 50, ofreciendo ayudas públicas y coparticipación a partir de los 75 y declarando patrimonio histórico de la villa de Madrid a aquellos locales centenarios, fomentando que se aprenda el oficio y que pase de mano en mano. Al botarate del alcalde le dejo mi propuesta en bandeja y si la aplica prometo no votarle pero tampoco llamarle botarate en un plazo de tres años. Y al que la haga, un beso en la oreja por ser tan majo.

Cada vez que un Corripio cierra sus puertas, Madrid pierde personalidad. Y cuando abre sus puertas un localito de estos de moda, a mi me escuece la sangre.

(las fotos las he sacado de esta cuenta de flickr de Scrumpyboy. No le conozco, pero le doy las gracias desde aquí por haber sacado estas fotos de este lugar que forma parte de la historia de nuestra ciudad)

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