Carta desde Bangkok

Publicado originalmente en Camino a casa, 17 de Agosto de 2008

Queridas amiguitas:

Terminaron nuestras vacaciones en ChiangKhan. Paramos allí para reponer fuerzas y creo que lo hemos conseguido.

Esta última semana fue el día de la madre en Tailandia. El día de la madre era martes y al viernes siguiente era el cumpleaños de la reina. Por lo visto todos los días de la semana tienen un color. El color del viernes es azul. Y aunque el día de la madre era martes, todo el mundo tenía que ir de azul. Nosotros no fuimos menos, nos trajeron unas camisetas azul celeste y con ellas pasamos la jornada. Lumpi, el masajista, nos invitó a su casa a cenar con su anciana madre. Vivía en una zona cercana a ChiangKhan en una pequeña casa, allí sí que no habían visto muchos extranjeros y la gente nos miraba curiosa. Fue un poco extraña la cena puesto que nos servían unas mujeres (¿hermanas de Lumpi?) que no comían nada, el propio Lumpi tampoco comía mucho, sólo comía la madre. Nosotros fuimos en tropa con la familia de nuestra casa, que tampoco comieron demasiado. Aquí me da la sensación de que cuando uno monta una cena no debe comer mucho, porque una de las veces que cenamos con los de la casa tampoco es que se hinchasen.

Después de esto fuimos a una explanada donde habían puesto una gran foto de la reina, todo el mundo iba de azul con velitas en las manos. Tiraron fuegos artificiales y cantaron canciones. La perra que tienen aquí con el rey y la reina es considerable, yo no he visto semejante culto a la personalidad en mi vida. En todas las tiendas tienen la foto del rey saludando desde el balcón, también en muchas casas, junto a otras muchas fotos de dicha persona. La más mítica es la que salen todos los parásitos reales europeos, con la Sofi de Grecia en la esquina inferior izquierda.

Al rey, de todas formas, le he cogido simpatía. Le veo en las fotos, es así delgadito, con una media sonrisa, poquita cosa, parece tímido. Pero la reina es grandota, con cara de malos humos… en fin, el día de la reina, así es como es.

Ese mismo día hicieron una velada de taiboxing en el pueblo y nos invitaron a verlo en la “zona vip”, que no eran más que unas sillas azules de estas de KAS (no eran de KAS, pero nos entendemos) junto al cuadrilatero. Lo que más nos sorprendió era la edad de los luchadores, en general todos tenían siete años, aunque vimos un combate de unos chavales que tenían unos diez. El muaytai, que creo que así es como se llama hablando con propiedad, es un deporte que tiene muchas reglas para respetar al oponente, además se ve que es un respeto real. Algunas veces ves el boxeo por la tele y al final el perdedor felicita al ganador con muy poca gana, por cumplir el protocolo. Aquí el perdedor se ve que felicita con sentimiento y los entrenadores rivales le abrazan y le dan agua. Pero aunque hay todo ese trasfondo de respeto y es todo muy ceremonioso, ver a unos niños tan pequeños meterse tamañas leches impresiona. A parte del combate, hay algo a lo que se le da mucha importancia, es una danza que se hace al principio en la que los luchadores recorren todo el cuadrilatero lado por lado y después hacen una serie de movimientos. Esto es tan importante que hasta en un momento entre combates subió una chica a hacer una danza de demostración, aunque no fuese a combatir.

Nuestros últimos días en el pueblo estuvieron marcados por las tremendas lluvias. El Mekong subió varios palmos y en algunas zonas cercanas al pueblo se desbordó. Muchos niños no podían ir a la escuela y muchos agricultores perdieron toda la cosecha. Se pasaba toda la noche lloviendo, al día siguiente mirábamos por el balcón e íbamos viendo como las plantas de los márgenes del río iban quedando sumergidas… además se veían muchísimos árboles enteros arrastrados por el agua.

Él último día en ChiangKhan, los de nuestra casa se empeñaron en que teníamos que levantarnos a las 6 de la mañana. Todas las mañanas los monjes de los templos pasean por las calles y la gente les da de comer, esencialmente “arroz pegajoso”, que es un arroz que se come con las manos y se hace bolas, y también otras cosas que tengan. Como nos íbamos a ir de viaje, nos dijeron que de esta manera Buda nos protegería. Mejor tener a las divinidades del lado de uno, así que nos dimos el madrugón y les dimos arroz, plátanos y dulces. No fue gran cosa, de hecho fue algo muy soso, los monjes ni sonríen, ni dan las gracias, ni nada, no tiene ni una pizca de emotividad, van con su cesto, lo abren y metes ahí la comida. Al primero le dimos mogollón y después vimos que venían muchísimos y tuvimos que darles bolitas de arroz minúsculas. No se si nos valió para mucho, porque ese día fue el único que comimos mal en toda nuestra estancia en el pueblo. Fuimos a un sitio al azar, de los pocos que no conocíamos, y nos pusieron una carne mala y dura que encima valía una pasta. Nosotros le dimos arroz al monje, otros marcan la casilla de la Iglesia en la renta, estamos en paz.

Al llevar allí un tiempo tan largo, ya nos conocía mucha gente del pueblo y nos iban saludando por la calle. ChiangKhan quedará para siempre en nuestra memoria, le hemos cogido mucho cariño al pueblo y a sus gentes.

Íbamos a comer mucho a un restaurante que se llamaba algo así como “Leoulé” al que rebautizamos como “Louie Louie” en honor a la mítica canción. Otro que frecuentábamos a menudo era el Choi, así se llamaba su dueño, un gran cocinero, simplemente nos sentábamos allí y le decíamos que nos pusiese lo que quisiera, el siempre nos sorprendía para bien. Era de los pocos en el pueblo con los que podíamos comunicarnos con cierta fluidez y hablábamos con el siempre que íbamos. El sitio del somtam (ensalada de papaya) y el pollo a la barbacoa era el tercero en nuestra lista de favoritos, donde Aurora perdió su cuaderno.

Por el pueblo paseaban carritos con comidas. El más comercial era el de helados Nestlé, con una canción que parecía que decía “Ice Cream mi amor”, pero el mejor heladero era un señor mayor al que bauticé como “Miquel Gelater” que vendía un helado de coco metido en pan de sandwich con birutillas de coco que estaba tremendo y valía diez baht, que no es ni dinero.

Al lado del Louie Louie había un sitio de juegos en red en el que alguna vez vimos Internet. Estar ahí rodeado de chavales jugando a juegos en red era la risa, había uno que tenía una musiquilla que parecía “Su Ta Gar” pero en tailandés, que sonaba una y otra vez, y un chaval viciadillo se la sabía de memoria y no paraba de cantarla.

Dejamos atrás también a Pui y su casa, donde pasamos mucho tiempo tomando helados y batidos y mirando el correo electrónico o escribiendo aquí, tuvimos la suerte de ser sus invitados más de una vez. No le correspondimos nunca quedándonos a dormir allí, estábamos muy bien en nuestra casa, pero le deseamos lo mejor. También dejamos atrás a otros muchos. A Lumpi, el masajista, un tipo peculiar y siempre sonriente. Al señor que vendía los salapaos, a las de la tienda de edredones, a los de la casa del Soi 14 que siempre nos decían algo cuando pasábamos aunque no entendíamos nada, a todos los chavales que nos saludaban al pasar junto a la escuela, al tipo que vendía bolsas llenas de hielo picado y café con leche… cuanta gente estupenda en ChiangKhan.

Chongruk, Tiu y Piqué, los de nuestra casa, nos trataban de maravilla. Para nosotros han sido, en estos cinco meses, lo más parecido que hemos tenido a una familia, y echando de menos a la familia tanto como echamos de menos a la nuestra, eso se agradece y aunque la familia de uno es insustituible, hicieron un más que digno papel. Hablábamos con ellos, cocinábamos, pasábamos el rato. Uno de los días nos enseñaron a hacer un curry buenísimo. A mi me llamaban “Antoni” y yo estaba en la gloria porque lo pronunciaban a la valenciana. El nombre de Aurora no sabían decirlo, la llamaban “Lola” y pese a que Aurora se pasaba su buen rato intentando explicarles, luego estaban siempre “Lola, Lola, Lola” arriba y abajo.

El último día nos llevaron en coche a la estación de autobús y yo creo que a los que casi se nos sale la lagrimilla fue a Chongruk y a mi, y es que te vas de un sitio así humilde y te dicen que has sido como un hijo y que no te olvidarán, y piensas “que habremos hecho nosotros para que esta gente nos trate tan bien, si no somos nada ni tenemos nada que enseñar ni aportar”.

Nos fuimos del pueblo de ChiangKhan con la convicción de haber dejado atrás a gente millonaria. Hay gente que mide los estándares de calidad de vida según términos muy occidentales. Esta gente no vivía en el lujo, pero en el pueblo, al menos en lo que conocimos, no había mucha necesidad. Ganaban menos que nosotros, pero todo el tiempo libre que tenían, la pachorrilla vital, lo sociables que eran, lo bien que te trataban… yo creo que un millonario en estos tiempos es quien tiene lo necesario para vivir , regado de seres queridos y tiempo para disfrutar un poco de hacer lo que le guste. Otros se matan a trabajar para ser los más ricos del cementerio. De quien más se aprende es de la gente sencilla.

El cambio a Bangkok ha sido brutal. Viajamos en el bus VIP, porque no tendremos nunca más la posibilidad de afrontar económicamente un bus con tanto espacio. Era más cómodo, pero sigue siendo bastante pesado dormir allí, porque para, enciende la luz, arranca, la apaga… nunca se descansa mucho.

Al llegar a Bangkok, ya nos encontramos a los tailandeses malos. Los taxistas empezaron a preguntarnos que a donde íbamos, nosotros les íbamos diciendo que nos dejasen en paz (teníamos urgente necesidad de ir al baño). Una vez preparados para irnos, nos pusimos a buscar taxi. Nos habían dicho en ChiangKhan que a ellos les suele costar un poco más de 100 baht hacer el recorrido que nosotros íbamos a hacer. Visto esto, siendo extranjeros, nos propusimos lograr que nos lo dejaran en 200 baht. Había un tipo que tenía organizados a los taxistas, le dijimos que más de 200 baht no pagábamos, habló con ellos y uno se ofreció a llevarnos por ese precio. Fuimos a su coche, metimos las mochilas en el maletero y nos soltó “bueno, 200 baht cada uno”. Allí empezamos a discutir con el y dejé mi mítica frase “oye, que yo soy de ChiangKhan, no soy estúpido”. El también dejó una mítica, nos dijo que con el taxímetro se nos quedaría la cosa en torno a 250 baht, pero que el nos lo dejaría en 300. Con un tipo tan amable poco puedes hacer, así que nos fuimos. Por cierto, siempre leemos en todas partes que debemos ir al sitio de taximetro, que nos activen el taxímetro que es lo más importante para que no te timen, pero nosotros no se como lo hacemos pero siempre acabamos en el taxi equivocado. Los taxistas de Bangkok y seguramente los de muchas otras ciudades son la vergüenza del país, porque luego la gente no es tan rancia, pero lo de los taxistas es tremebundo.

El propio taxista reconoció tácitamente que su objetivo de la noche era timar a alguien. Vio que nosotros teníamos cierto control de los precios, así que decidió dejarnos de lado y buscar a otro taxista que nos llevase por 200 baht. ¿Por qué el nos buscaba a otro taxista para que nos llevase por ese precio y no lo hacía el? Porque el se iba a buscar a algún primo.

El taxista nuevo yo creo que iba pedo. Decidimos ir a Khao San, que es la calle famosa por ser la calle de los viajeros. Con esos antecedentes, estaba claro que era el lugar a donde no ir. Cuando algo se hace famoso por ser “de mochileros” suele ser una mierda. Es interesante cuando no ha cogido la fama, cuando coge la fama es que ya es un circo. El taxista además estaba alcoholizado o lo que fuera y no nos dejó en el sitio.

Ahí estábamos, a las cinco de la mañana, buscando sitio para dormir. El panorama era desolador. Un inglés borrachísimo con una pilingui tailandesa, dando un espectáculo tristísimo. Pero no era el único. Un par con litronas en un tuk tuk, haciendo el idiota, otros claramente puestos hasta arriba de todo, muchísima fulana y muchísimo baboso rosaceo de mierda. Si el sitio ya ha cogido fama es que ya ha degenerado del todo.

¿Por qué decidimos venir a esta zona? Porque Agosto es un mes en el que los de couchsurfing o bien viajan o bien tienen muchísimas peticiones para alojar gente. Marie, la chica que nos alojó anteriormente, estaba fuera. Así que pensé “a ver si el liberalismo funciona”. Un sitio con tanta fama, con una gran oferta hostelera, algo decente tendría que haber. Encontrábamos o bien sitios carísimos o bien sitios que parecían ratoneras. Era difícil escoger. Al final encontramos una ratonera de mayor tamaño con baño incluido, una habitación graciosa porque está oculta, entras al hostal y tienen unas cuantas sin ventana, muy agobiantes, pero yendo por unas escaleras al fondo del local, tras el tendedero está la nuestra, de las pocas con ventana, algo más cara. Aun así, buscamos duro y no encontramos nada que fuese sencillo pero cómodo, era o todo o nada, así que la democracia del consumidor a tomar por saco. Yo no se para que me fío de estas teorías. Se supone que el mercado se autorregula y tal. En Khao San no.

Nos pusimos a dormir nada más llegar a la habitación y nos despertamos cuatro o cinco horas después, decididos a pasear por Khao San. Como era de esperar, esta famosa calle es un circo para turistas. Precios infladísimos por todas partes. En nuestra anterior etapa en Bangkok encontramos Internet a 10 baht la hora, aquí el más barato son 30 y gracias, porque muchos tienen la broma de “un baht el minuto”. Yo es lo que digo, no es por dinero, en realidad muchos precios no son tan caros, pero lo que jode es ver como lo inflan. Hay además muchísimos restaurantes “thai” a precios occidentales, a parte de un Burger Kin, un Starbucks y todo esto. Khao San es una calle mítica porque seguramente en su momento era donde estaba todo el meollo alternativo de la ciudad, donde iban a parar los viajeros y se mezclaban con los locales. Ahora hay turistas lamentables bebidos o a punto de serlo y los tailandeses más pesados que he encontrado. Y si, es impactante porque venimos de un pueblo muy tranquilo, pero la otra vez que estuvimos en Bangkok no nos llevamos esa impresión tan negativa de tener gente que te da la brasa para todo, es cosa de este barrio. Cuando un lugar ya ha cogido toda la fama, es que ya no tiene nada que ofrecer. Teníamos que venir a verlo con nuestros ojos, ya lo hemos visto.

Como suele pasar, hay que desplazarse un poco para encontrar cosas interesantes. Es lo que pasa siempre. La Gran Vía de Madrid se va quedando sin comercios de los que siempre estuvieron ahí, pero si callejeas los encuentras. Aquí pasa lo mismo, hay que moverse un poco para encontrar restaurantes a precio local y con gente local, o comercios locales o lo que sea. Es triste que todas las calles importantes de todas las ciudades del mundo acaben siendo el mismo espectáculo lamentable de turistas ridículos y multinacionales a tuti. La gente no se plantea esto, el mundo se va a la mierda. Creo que este planeta tiene poco más que ofrecernos, no se que queda por inventar, cuando todo en todas partes acaba siendo lo mismo, creo que la especie humana ha alcanzado su techo de necedad, nadie tiene voluntad de recular, ya hemos superado la media de existencia de otras especies animales… siempre nos quedarán las calles aledañas. Aquí en la zona de Khao San, es lo único interesante. Si alguien me hace caso, que lo dudo, yo diría a quien viaje a Bangkok que si tiene curiosidad por ver Khao San, que se busque alojamiento en otra parte y se venga un día en un tuktuk o en un taxi, haciendo lo máximo para no ser estafado. Creo que no vale la pena hacer lo que hemos hecho, alojarse en el barrio. Con tanta fama no podía ser bueno y lo sabíamos, pero aun así lo intentamos y fallamos. No aprendemos.

Así damos prácticamente por finalizada nuestra estancia en Tailandia, a falta de un par de jornadillas. Bangkok en general no está mal, lo que vimos la vez anterior nos gustó más, era muy caótico pero tenía algo especial. ChiangKhan es un remanso de paz del que no hablaré más, no me gustaría contribuir a que se visitase por mala gente, pero lo bien que hemos estado, lo contentos y tranquilos que hemos estado, ya ha quedado aquí escrito.

Ahora las vacaciones se terminan y volvemos al camino. Una pista: Incheon.

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