La Casa de las Tortillas

Publicado originalmente en Guaschibo, 8 de Octubre de 2005

La Casa de las Tortillas

c/ Hartzenbush nº 6

Metro Bilbao (L1 y L4)

Tras años escuchando hablar sobre este local, por fin ayer se cumplió el sueño, momento cumbre en la carrera glotona de este servidor de ustedes.

Entremos en materia, porque no es demasiado difícil. La oferta de este local es muy básica, consiste en llegar al lugar (es muy recomendable reservar con tiempo si se quiere ir el fin de semana), avisando previamente del número de comensales, y a partir de ahí, la comida va saliendo. Con un precio fijo de 12 euros, la bebida es ilimitada y la comida casi casi. No lo puedo asegurar porque nos propusimos hacer resistencia pasiva hasta que nos trajeran “un flan” (así de originales somos), pero una amiga más sensata (que haríamos sin ella) logró que saliésemos del local con cierto grado de dignidad.

Y es que, efectivamente, el pedal que llevábamos encima era de aupa. Por fin volví a imitar a Porcoolio tras años sin hacerlo, amén de cantar a la salida del local lo siguiente: “(ponga aquí el nombre que quiera) va volando por el universo”. Ya lo saben, cantidad ilimitada de sangría y cerveza. Tal es el grado de borrachera alcanzable que los gestores del local, demostrando una inteligencia superior, lo han decorado con carteles con la consigna “Prohibido Cantar”.

El apartado culinario estrictamente hablando destacaba sobretodo por su contundencia. La calidad era buena sin ser nada del otro mundo, pero la cantidad… ¡ay la cantidad!. Empezó el asunto con varias tortillas, después oreja con salsa brava (hay que crear la sociedad de amigos de la oreja, es como besar a un gorrino en el lóbulo – más romántico imposible – y encima sabe rico), patatas bravas, pimientos de padrón calamares, morcilla, chorizo, lacón, croquetas, pollo al ajillo (creo que era pollo pero ya había perdido todas mis facultades). Todas estas cantidades son más que proporcionales respecto al número de comensales.

Mis compadres y servidor somos bastante animales , casi más devoradores que degustadores, y nos propusimos no movernos del lugar hasta que, como decía anteriormente, nos trajeran “un flan”, postre consensuado por todos y que ni siquiera sabemos si se sirve en este local o no. Doy fe de que todavía hubiésemos podido con más y estoy seguro de que nuestra resistencia pasiva daría resultados positivos, pero lo cierto es que nuestras acompañantes femeninas estaban más que saciadas más o menos al llegar la tercera ración, por lo que su aburrimiento lógico y su raciocinio femenino agudo (no olvidemos quien tiene el poder) nos llevaron a la cabal decisión (y así lo percibo efectivamente pasadas las horas) de abandonar el local más pedo que Alfredo, contentos y con algún gramo de más encima.

Pese a que las noches alegres traen mañanas difíciles, este sitio, cada vez más popular en Madrid, merece el reconocimiento de un amigo de ustedes y de la humanidad, yo, claro está.

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